• Luis Orlando García.

Triste millonaria

...Fueron tantos tus pensamientos al salir de la sucursal bancaria. Haber obtenido ese crédito era abrir la puerta de tus sueños acumulados durante casi un cuarto de siglo. Tú, la hija diferente, la que aborrecía la pobreza con que tuviste que lidiar hasta la mayoría de edad.


Tú, la que prometiste que con esfuerzo propio te convertirías en empresaria. Tú, la que se creía capaz de cambiar la precaria situación de su familia. He ahí entonces que se avecinaba esta anhelada etapa de crecimiento económico.


Al llegar a casa ese día, tan absorta en ilusiones y con tanta emoción no pudiste probar bocado. Tu mirada perdida en el firmamento se sumergió en la tarde, recibió el crepúsculo y aún bien entrada la noche, no cesaba de mostrarte a ti misma en la nueva vida de millonaria.


Pero demasiado pronto se iniciaron los avatares de tu supuesta nueva vida, pues sin haber empezado tu empresa, lo que sí comenzó fue tu decrecimiento económico debido a las malas inversiones, el real desconocimiento del tipo de negocio en el que te habías involucrado, y sobre todo, porque en verdad aquel gran amigo tuyo, ese a quien estimabas como un hermano para ti por casi veinte años, era en realidad tu dulce enemigo oculto, era el más sutil de los estafadores, que aprovechándose de tu confianza en él, había despilfarrado tu capital en compras sobrevaluadas, en gastos mentirosos con el dinero que te había prestado el banco, y deberías devolver con un tasa de interés en los plazos fijados.


…Nadie sabe de tu amigo y él no te responde a las llamadas. El banco espera comiences a reintegrarles lo que pactaron contigo. Los equipos que has comprado no son malos, pero tú no sabes cómo hacerlos producir. No existe la tal clientela de la que tu socio de negocios te había hablado.


No están los trabajadores fantasmas que nunca aparecieron. No has podido desarrollar la empresa que no sabes ni por donde se puede empezar.


Como una mujer que no eres tú, hoy has amanecido sin la intención de observarte ante el espejo, sin la más mínima idea de maquillarte o al menos acotejar un poco tus desordenados cabellos. De nuevo la mirada en el firmamento, que ahora no vislumbra tu millonario capital, sino tu deuda millonaria.


Sin embargo, ahora que te fijas detenidamente, allá en lo más recóndito del cielo se ha quedado una estrella solita como recibiendo el nuevo día, que te dice: ¡Aún estás viva!

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