• Luis Orlando García.

Conversar contigo es alguien

Ahora tienes todo el tiempo del mundo para conversar con tu cama vacía, sobre los momentos de caricias brutales que frustraban una y otra vez tus verdaderos orgasmos. Hablando con las paredes de tu aposento, has hallado la ocasión para evaluar las bofetadas inmerecidas de tu caprichoso “dueño”, ese que se imaginaba autor de tus horas y de tus pasos. Caminando miles de kilómetros sin salir de tu balcón, vas descubriendo cuán beneficioso es el aire puro, desde que ese individuo ausente, ya no pretende controlarte hasta en tu forma de respirar.


Yendo más allá, como tienes tanto tiempo para conversar con nadie, te has reencontrado con tus juguetes, y con mucho placer vuelves a dialogar con tus viejas muñecas. También has vuelto a aprender a reír sola, pero sobre todo nuevamente has jugado a ser mamá y protagonista de una familia perfecta, con el esposo ideal que aún estás buscando. Eso de hablar contigo te va satisfaciendo tanto, que ha surgido el motivo para desempolvar los vestidos que tu jefe de habitación te prohibía, y además para probártelos uno a uno e ir a pasear a la cocina, la sala, el comedor y hasta modelar en el patio delante del perrito.


Luego, con la más atrevida de tus blusas, esa que él más odiaba porque su escote parecía anunciar tus senos tentadores, fuiste a la terraza y te invitaste a cenar, aunque a pesar de todo tu esfuerzo nada pudiste comer. Sin embargo, conversar contigo tan intensamente ha ido más lejos. Aparte del morbo de extrañarlo no obstante sus maltratos, te has reunido seriamente con tu propio yo, al descubrir el desafío de retomar tus estudios universitarios.


Es que tus apuntes en los cuadernos de clases, tus folletos técnicos, tus libros especializados y tus búsquedas por internet, son ahora quienes han comenzado a reclamarte, porque habías desistido de la carrera de tus sueños. Hablas y hablas delante de tu espejo y a veces en voz alta, pero también has recuperado el deseo de volver a llamar a tus amigas de siempre, esas que tu gran hombre te había hecho entender que no te convenían; o a tus buenos amigos, esos que tu super macho también te había censurado. Hablar y hablar… Solamente así has podido comprender que conversar contigo es alguien.

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